lunes, 25 de agosto de 2014

Rutinas de verano


Es curiosa la vida.

Hay momentos en los que pasamos angustia por la ausencia de oportunidades ―y más ahora―. A veces nos pasamos semanas, meses, años anhelando nuestra profesión, soñando con hacer algo que nos llene, simplemente con trabajar «de lo suyo». Y cuando llega y nos invade, hay ocasiones en que pensamos que nos viene grande. Sin embargo, ¡sé que siempre se puede!

Para mí, este año ha sido sin duda un año de evolución y crecimiento y ha resultado ser mi motor de arranque profesional. Pensaba que sería imposible y aunque no me faltan complicaciones... Puedo decir ¡que soy traductora! ¡Que soy profesora! ¡Que soy emprendedora profesional! (A veces hay que compartirlo «en voz alta» para hacerlo tangible).

Y en estos días agotadores de agosto, donde mi ordenador es mi máximo ―casi único― compañero, a veces me detengo en una frase, me invade un pensamiento. Feliz. Observo por la ventana cómo los árboles se mecen ante mí y cómo la brisa de la montaña me intenta distraer. Pero rápidamente regreso. «¡Aún me quedan 20.000 palabras! ¡Ya casi estamos!» -Me digo.

Y de repente, casi sin pensar... Me doy cuenta de que la profesión me ha invadido, de que mis dedos moviéndose por el teclado a punta de pistola ya son una rutina. Y aparece en la pantalla una mueca orgullosa, casi una sonrisilla. La sonrisilla en cuestión se vuelve seria y pregunta: «Pero,¿qué hay de esos paseos por el bosque y de esas escapadas al mar? ¿Cuándo volverán esas tardes de guitarra y creación?». Y yo le respondo con completa seguridad: «¡He conseguido trabajar haciendo lo que me gusta! ¡Ya habrá tiempo para seguir haciendo todo lo demás!». 

Suspiro. Entonces aparece ese gusanillo de la no conformidad. Regresa el anhelo de esas tardes libres de verano que tanto disfruté, y sólo me contento pensando que realmente llegará el día en el que mis tarifas me permitan compaginar el placer de mi profesión con esas rutinas felices.

Por tanto, el siguiente paso es conseguir un día a día más saludable; averiguar cómo obtiene un traductor autónomo una jornada real de 8 horas. Sin duda, ¡esa es mi siguiente ―y ardua― tarea!

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